Estrella de Diego
Paisaje belga
Catálogo exposición Vanidad y Tiranía
Septiembre 2020
GALERÍA UTOPIA PARKWAY

 

Frente a la ruidosa urbe –París–, aparece la imagen desierta y misteriosa que soñaron los surrealistas belgas. Frente al object troveé –el objeto encontrado–, aparece el objetc bouleversant, algo que ha habido que idear, construir. Lo exhiben las obras más lúcidas de Magritte y la increíble serie de fotos que Paul Nougé realiza en el año 29-30, la Subversión de las imágenes, poemas visuales donde se atrapan objetos apenas visibles o que acaban de desparecer. El fruto del sueño llama a una obra en la cual un hombre escribe con una pluma que se ha esfumado. “No basta con crear un objeto, no basta con que este objeto exista para que lo veamos. Necesitamos mostrarlo, es decir, excitar en el espectador, valiéndonos de algún artificio, el deseo, la necesidad de ver”, reflexiona Nougé. 

El de los belgas es un sentido del humor fino, peculiar, lejos de los textos doctrinarios de los franceses. “La eternidad es una impresión”, escribe en los años 40 el escritor Louis Scoutenaire. Es, sobre todo, un sentido del humor rápido, a pesar de mostrarse a menudo despacio, impregnado a ratos incluso de melancolía.

Cada vez que miro las propuestas de Concha no puedo evitar que los belgas regresen a mi memoria –y no únicamente por esa esencia de Magritte que tienen algunos de sus cuadros, por sus juegos de objetc bouleversant cuando los interiores se abren a unos paisajes que aparecen allí donde no se les espera de partida. Son interiores que se desbordan en exteriores –o todo lo contrario.  Exteriores que son interiores y los desbordan, los abren y los cierran. Y crean juegos de espejos y duplicaciones en espacios del sueño, bosques mágicos que invaden la domesticidad. Sillones vacíos que redefinen los cuartos, botines abandonados. Mar que entra hasta nuestros rincones y está a punto de mojarnos los pies –nos los moja. La eternidad es una impresión. 

Porque las escenografías de Concha hablan sobre todo de una posibilidad infinita de transformación y de asombro, el asombro de una extranjera que sabe –porque lo ha aprendido igual que los belgas– que los significados últimos son cada vez fruto de la negociación y los desposeimientos.  Igual que Fernand Khnopff –otro belga–, la pintora suspende el tiempo en unos escenarios que no pertenecen a nada ni a nadie, que son la evocación de las luces que hablan de un día que se vacía en la noche y se ha quedado ahí, suspendido con el tiempo también. Una vela se extingue, un pasillo se adivina; la escena se hace escenario. 

Va cayendo la tarde –siempre es la luz del crepúsculo la que recrean las puestas en escena de Concha Gómez Acebo –o así imagino yo la luz de la tarde al menos. No, siempre no. De pronto piensa en Madrid y se hace de noche. Madrugada, más bien. Dentro, un portal que recrea la ventana –los zapatos fuera después de la velada deambulando. Y me da la pista de la asociación visual que andaba buscando y que acabo de encontrar. Otra vez me lleva a Flandes, esos pintores flamencos que hacían del espacio un trampantojo. Ventanas dentro de ventanas. Espacios jugando al espacio. Cuadros dentro del cuadro. En las obras de Concha la eternidad es, definitivamente, una impresión.