Concha Gómez-Acebo
Bienio Piadino

 

Al empezar a pintar para esta exposición que celebra el Bienio Pidalino y recuerda el legado de Ramón Menéndez Pidal y María Goyri, que compartieron vida y trabajo y la pasión de caminar por montes, campos y pueblos, vuelvo a leer el Romancero.

Al llegar al romance del Amor más poderoso que la muerte, que siempre conmueve, recuerdo el lugar donde lo leí por primera vez. Fue en una antigua ciudad castellana, antes importante, hoy reducida a menos de cinco mil habitantes, situada en un valle largo cruzado por los álamos de un río naciente cuyo nombre evoca el lugar donde se guarda la hierba segada. El río fluye de un manantial pequeño a unos kilómetros de allí entre un nogal y un almendro. Cuando atraviesa el pueblo ya lleva un caudal modesto que baja lento entre juncos. Allí llegamos muy jóvenes José y yo una noche de octubre en un tren expreso que nos dejó en el andén de una estación vacía. Un tiempo y un lugar a estrenar. Por toda esta comarca y sus pueblos cercanos transitó el Cid y los íbamos descubriendo con la precisión cabal del Cantar. Algunos viejos aún cantaban romances. O al menos se los sabían. Recuerdo la sorpresa de José, entonces profesor de Literatura, cuando al leerlos en clase los chicos respondían terminándolos o cantando algún trozo. Y la cantidad de ellos que recopilaron de sus padres o abuelos para traerlos ufanos al aula.

Es tierra fría, seca, pedregosa, con inviernos duros y largos, escarchada y helada durante meses. Aunque sigue haciendo mucho frío ahora hace menos. Lo mismo decían entonces, rememorando inviernos que yo solo creía posibles en las novelas de Tolstoi. Desde una ventana de la casa donde vivíamos, en un cerro orientado a poniente, se veían pasar las estaciones, el cielo siempre cambiante, campos labrados, unas parideras pardas y alguna huerta con casa. En lo más crudo del año colgaban carámbanos de hielo del tejado que luego se deshacían poco a poco. “Menudos chorlitos han caído esta noche”, se comentaba a la mañana siguiente. Al llegar la primavera, ya bien entrado mayo, de repente todo florecía: un rosal trepador en el jardín y más allá, en el campo, tomillo, zarzas, cardos, aliagas –la primera vez cogí un ramo entero y llegué con las manos pinchadas y llenas de arañazos– y junto a ellas, abrazados como en el romance, el espino albar y el rosal silvestre. Majuelo y tapaculos. El despertar de la vida en la primavera de Castilla, la fuerza escondida de la savia que debió conmover al sevillano Machado como lo haría conmigo, malagueña.

Frente a esa ventana abierta y a ese paisaje que, como el mar, nunca cansa ni te encierra, empecé a ser pintora.