Concha Gómez-Acebo
APUNTES DE VIAJE
Catálogo de la exposición Cercanías. Galería Utopia Parkway, 2009.

 

A Lestrigones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón hallarás nunca, si no los llevas dentro de tu alma, si no es tu alma quien ante ti los pone (…) Ten siempre a Itaca en la memoria, llegar allí es tu meta. Más no apresures el viaje. Mejor que se extienda largos años; y en tu vejez arribes a la isla con cuanto hayas ganado en el camino, sin esperar que Itaca te enriquezca. Itaca te regaló un hermoso viaje. Sin ella el camino no hubieras emprendido. Mas ninguna otra cosa puede darte. Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca. Rico en sabor y en vida, como has vuelto, comprendes ya qué significan las Itacas.

                                                                                                           Konstantino Kavafis

 

1

Hoy es martes diez de octubre. Después de estar aquí, donde estoy, echaré a andar y subiré al tren. Mañana veremos. Estoy leyendo… “para Bellamy el simple hecho de vivir suponía una tarea de insalvable dificultad. Era como si la vida cotidiana fuera una máquina en movimiento llena de agujeros, ranuras, espacios, aperturas, fisuras, cavidades, oquedades, en una de las cuales parecía que Bellamy se viera obligada a encajar”[1]. Así me siento la mayor parte del tiempo. Sospecho que le pasará a mucha gente, esto siempre me ha dado curiosidad”. 10.10.07

 

“… The operation of divine grace on a group of diverse but closely conected characters”.[2]

“No hay camino mejor ni más corto para mejorar el trabajo que hacer figuras. Por eso me siento siempre más confiado haciendo retratos, sabiendo que este trabajo es mucho más serio. Tal vez no sea esta la palabra, sino más bien que me permite cultivar lo que hay en mí más serio y mejor”.[3] (15.2.8)

Las dos amigas enfrente de mi asiento van a una fiesta a Madrid. Se han emperifollado y llevan los ojos llenos del rímel más espeso y negro que he visto nunca. Habla una de ellas sobre la crisis económica con desparpajo y sus conclusiones son atinadas y resignadas.

Se llama Juan Hernández. Es canario y pintor. Pinta diminutos marcadores que va vendiendo en el tren. Le compro uno y le pido que pose. Cuando se baja en Atocha me dice su nombre y se va sonriendo. (13.04.08)

P paodroBipbHoro PoBepHeHHЯ (2 diciembre 2008)

Hoy los viajeros están alerta y despejados. Debe ser la luz tan fría y deslumbrante y el aire cortante que sopla de la nieve en la sierra.

Por casualidad vuelvo a tener enfrente a la mujer del Este del otro día. La dibujé en parte por su quietud. Estaba dormida. Hoy también, pero la miro desde otra perspectiva. Por casualidad está en la misma postura y con la misma dejadez. Como la cabeza de santa Teresa de Bernini que dibujé hace muchos años para un examen de dibujo. Pese al ruido y el traqueteo no despierta hasta el final del viaje. (7.05.2008)

Hay en el vagón una mujer negra, joven, que tiene un perfil que necesito. Pero se ha sentado en un sitio imposible y luego se ha bajado en Vicálvaro. Iba leyendo un libro y movía los labios mientras lo hacía. (11.06.2009)

23 octubre 2008. El conductor del tren va tarareando un trozo de la ópera “Carmen”. Lo oigo a través del tabique que lo separa del primer vagón. Cada tanto da un bocinazo.

 

2

La mujer que pide dinero por los vagones entre Torrejón y Atocha ha pasado hoy. Viajaba mucha gente hoy, aunque es sábado. Al ver a una pareja mayor de pie ha echado una reprimenda a los pasajeros sentados cerca ¡Pero no ve que son ancianos los pobres! ¿Cómo no les da vergüenza? Cada vez está más flaca y desmejorada. Parece ya muy enferma. (9 de octubre de 2008)

Hay una pintada en el muro que bordea las vías de entrada a Atocha que dice: ¡PERROS MUERDEN! Esta mañana oí en la radio que en un lugar de Argentina la policía había descubierto, en una fábrica de empanadas y pizzas, perros despellejados y congelados. Parece que los usaban, además, de jamón y mozzarella. (2.03.2008)

“Caminante no hay camino. Como dijo Cela” –dice uno de los dos que charlan hace rato en el tren. El otro alardea de haber pasado por el trullo. Discuten un rato y acaban comparando el resultado de los bonitos cuadros que pintan en el Centro de Día al que van. Se bajan en Vicálvaro después de hacer un recuento de las birras que han desayunado. (29.09.2008)

¡Cómo lloraba el niño! Su madre no sabía qué hacer. Tendría 8 meses y ricillos negros dispersos en la cabecita redonda. Era igual al del cuadro que estoy empezando. La madre era muy alta, con gesto ingenuo pero alegre. Al bajar en Azuqueca el niño paró de llorar y los viajeros respiramos con alivio. (24.04.2008)

Hay una pareja enfrente. Rondan los 40. Están muy enamorados y parece que lleven juntos no mucho tiempo. Ella tiene el pelo amarillo pajizo y aunque es teñido es probable que lo tuviera así siempre. Lo lleva corto. La cara estrecha y más bien larga, ojos con expresión de sorpresa continua color acuoso y nariz algo torcida. Lo que más llama la atención es la boca. Es muy ancha y con comisuras interminables. Va vestida aparentemente con sosería y pensando en la comodidad, pero con pulcritud. Pondría la mano en el fuego que es restauradora de algo: papel, pintura, muebles. O arqueóloga. Su acompañante es un hombre sosegado, delgado, de rasgos nobles. Tiene algo de fraile y hombre cultivado de otra época. Mayo 2008.

El 13 del 3 del 2008. El labio inferior le sale fino hacia afuera. Perlas colgantes de los lóbulos que se balancean con los vaivenes del tren. Cuando los músicos ambulantes tocan un bolero por el vagón mueve la cabeza y las manos siguiendo la música.

Madre e hija gorda charlan. Van con un niño.

— Yo me mareo un montón. Ahí está Cabanillas.

— ¡Un loro! Un loro había en el árbol. ¡De colores!

— ¡Nene, qué haces!

— El marido le ha salido drogadicto. Es la educación que tú le des en la casa.

— Yo misma vi que ella se iba con malas compañías. Yo cojo y me largo.

— Mira, en el instituto la Celia no estudiaba.

— Yo siempre he dicho que un hijo es como la pesca, tienes que soltar y recoger, soltar y recoger…

— ¡Nene!

(10.11.2008)

 

3

El hombre se subió en Guadalajara desde el principio. Primero se sentó enfrente mío y en Meco se cambió para estar más cómodo. Llevaba una bolsa negra de deportes, vestía con un chándal negro con ribetes blancos bastante lujoso. En el dedo meñique de la mano derecha un anillo de oro de diseño. Tenía colocados los auriculares del IPAD. Era negro mate, de piel muy seca, cabeza redonda y nariz medianamente ancha. Cuando ya atravesaba el tren la zona entre Vicálvaro y Vallecas, desde donde se ve el cerro y parece que vuelve a verse campo, entró en el vagón un mendigo. Es uno de los tres o cuatro que piden dinero en esta línea. Siempre son los mismos desde hace unos años. Este es el mayor, tendrá unos cincuenta y tantos. No acabo de ver claramente qué tipo de problema en concreto lo ha llevado hasta esta situación. Quiero decir que no es tan evidente como en otros. Lanza su cantinela lastimosa por el pasillo y menciona a sus hijos. Pide lo que sea: dinero, pan, comida, cualquier cosa. Se va. Al rato, por entre Atocha y Recoletos, vuelve contando su historia. Mientras nos acercamos a Nuevos Ministerios el hombre de negro y yo nos levantamos para bajar. El hombre de negro le habla. Le pregunta si era cierto que no tiene trabajo y, mientras, le palpa el flaquísimo brazo como sopesando sus posibles restos de fuerza, le ofrece trabajo en su empresa. Le dice que si está dispuesto y lo invita a su casa para discutirlo y cenar. Cuando saltamos al andén me voy hacia mi salida. Me vuelvo y los veo alejarse, el hombre de negro con su bolsa negra, y el otro. Se alejan absortos en la conversación. (11.06.2008)

Hoy es 13. No hay rastro del hombre hambriento.

El 7 de octubre volví a ver al mendigo pidiendo en el tren.

El 9 de Noviembre lo he vuelto a ver. Con buen aspecto.

El 9 de Febrero ha vuelto a pedir por los vagones.

El 16 de Marzo volvió a aparecer por la mañana.

Dos hombrecillos colombianos morenos de piel muy arrugados y ya mayores se pasan el rato de cháchara en el tren. Más bien uno de ellos habla y el otro asiente de vez en cuando mientras mira todo con sus ojos requetenegros que asoman milagrosamente bajo unos párpados muy abultados. Sus cejas son peludas y aún negras pero el pelo es blanco nácar. (9.08.2008)

¿Por qué una mujer poco agraciada, despelucada y con un cuerpo fondón elige para salir a la calle un pantalón pirata negro y una camiseta amarilla limón con una imagen de otra mujer despampanante que se estira en su pechera?

Una mujer joven sentada frente a mí. Mira con mucho desdén a través del cristal, a nadie en concreto y a todos en general. El pelo es castaño con vetas rubias que le dejan ver la nariz crecida. Lo lleva partido por el medio y suelto. Tiene una frente breve y una arruga fina que la atraviesa. Los ojos son grandes, algo rasgados, castaños, muy maquillados con sombra azul oscura y rimel espeso. Los párpados son pesados y los mantiene medio bajados. La nariz está operada. Con mesura y proporcionada pero la delatan los agujeros y la punta. La boca es lo más llamativo. Tiene la forma bien dibujada como los niños antes del año. Como si usara chupete, con dos bolitas que sobresalen en el labio de arriba. Mirándola con más cuidado da la sensación que también es artificial. Se baja pronto con gesto de malas pulgas.

El chino se ha resistido. Era bueno para dibujarlo, con facciones marcadas, expresivo y algún parecido a Carlos W. Va vestido con camisa de Ralph Lauren azul, pantalones color arena y zapatillas de deporte elegantes, seguramente de marca también. La mirada que dirige alrededor es muy negra e inteligente. El color de piel es como la canela. Es pequeño pero macizo y mira el reloj cada poco ¿Qué hace en este tren? Se baja en Atocha.

 

[1] Virginia Woolf

[2] Patricia Higsmith

[3] Vincent Van Gogh