Juan Pablo Wert Ortega
Cercanías Lejanas
Exposición Cercanías. Museo de Guadalajara Palacio del Infantado, 2011.

 

Concha Gómez-Acebo expone hasta 3 de abril su serie Cercanías en la Sala Azul del Palacio del Infantado de Guadalajara. Un conjunto de pinturas, dibujos, collages de dibujos y un video sobre el trayecto ferroviario Madrid – Guadalajara. El asunto, pues Concha no es pintora de género sino de historia, es continuación de la que ya presentó en Utopia Parkway de Madrid hace ya más de un año. No es propiamente una serie sobre el viaje ferroviario porque, como bien precisa el título, se trata de un trayecto que abarca solo un segmento de la conurbación nororiental madrileña, de apenas una hora de duración. Un trayecto que recorre mucha gente diariamente porque es el que media entre su casa y su trabajo. Son toda esa gente, cada vez más numerosa, cuya cotidianeidad comprende el largo desplazamiento y que, curiosamente, pertenece a diferentes estratos sociolaborales, razón por la que – supongo– los anglosajones los han definido con el aséptico término de “commuters”. Van y vienen a Madrid desde todo ese rosario de estaciones del eje suburbial que alcanza hasta la propia Guadalajara. Como experiencia cotidiana se inserta en un espacio que no es ni el del trabajo ni el del ocio, aunque debiera computarse en la primera categoría. La actitud que adoptan estos “conmutadores” durante el trayecto participa de ambas: tiene la formalidad que impone la disciplina laboral y la espontaneidad relajada que permite el ocio y que deja ver las historias… Pero antes de hablar de ellas, conviene precisar lo más posible el medio que utiliza para contarlas. Evidentemente se trata de pintura, figurativa, basada en un dibujo sorprendentemente correcto sin asomo de academicismo y con una “cocina” absolutamente personal aunque no lo suficiente para que deje de evocar formas, calidades y temperaturas poéticas de otros como Hooper, o mejor Ruscha o el más cercano Gaya. Pues bien, con ese instrumental expresivo tan preciso y próximo, pero a la vez tan melancólico y distante, Concha pinta unos cuadros de “interiores ferroviarios” que son interior y paisaje a la vez pero que, además, cuentan las historias de estos migrantes. Desde una perspectiva histórica, podría parecer un curioso caso de intrusismo con respecto a la competencia de la fotografía documental, es decir, hacer con un medio históricamente superado en la captación de imágenes de la realidad lo que el medio pertinente, la fotografía, realiza satisfactoriamente. En cualquier caso, hablar de intrusismos en el arte actual, sí que responde a un criterio históricamente superado y, desde luego, no es el problema. No lo es porque lo que viene sucediendo en los últimos años es que es precisamente la fotografía documental la que se está introduciendo de manera progresiva en las propuestas plásticas emergentes, enfatizando el valor artístico de lo empático, de lo moral. Recientemente Olivier Lugon ha denunciado en su libro El estilo documental cómo ya en los años treinta, fotógrafos como Sander o Walker Evans estaban buscando la fotogenia, es decir, la estética genuina de la fotografía en el documento fotográfico desplazando así el valor testimonial y la finalidad empatizante por lo directa y puramente estético. No es esa la operación que realiza Concha en esta exposición: ella ve el escenario de esta experiencia como el medio para contar estas historias “cercanas” por medio de la vista, de su propia vista que es su manera de ejecutar el cuadro y, como bien recuerda José Suarez-Inclán en su brillante texto del catálogo en una cita de Merleau-Ponty, “la vista aísla, el oído envuelve”. Son pues las de Concha Gómez-Acebo, unas historias cercanas que su pintura devuelve a una lejanía, no necesariamente exótica, quizá mucho más familiar de lo que afectamos, historias no contadas sino vistas como “cercanías lejanas”.