José Suárez-Inclán
CERCANÍAS
Catálogo de la exposición Cercanías. Galería Utopía Parkway, 2009.

 

           La vista sitúa el objeto fuera del sujeto, el oído sitúa el objeto
dentro del sujeto. La vista aísla, el oído envuelve.

Maurice Merleau-Ponty

 

“¡Viajeros al tren! ¡Viajeros al tren!” Con aquella cantinela imitábamos, de niños, erguido en una mano el rollo grana del banderín y agitando la cadena virtual de una campana en la otra, la voz del jefe de estación que, uniformado de azul con una especie de ros rojinegro, apremiaba a los viajeros a subir a los vagones. Era un juego. El juego fascinante, irresistible, de inventar un viaje. El juego de la mitología y la literatura por excelencia: el viaje fundacional de los egipcios, donde Isis recorre y refunda el mundo en busca de su hermano Osiris, el viaje de los Hebreos por el desierto en busca de la tierra prometida, el viaje de Odiseo que vuelve a su patria, el de Eneas, el del Buda por los pueblos y campos de la India, el de Jesús por Palestina, el de Mahoma a La Meca… La vieja alegoría de la vida como un viaje. A veces lejano, a veces cercano. Según la lejanía o la cercanía de la mirada, de la realidad o del sueño que nos transporta. La vida aislada en las lejanías poéticas de los sueños, pero atrapada, envuelta, en el oído cercano de los asientos del vagón de la realidad. Rostro y paisaje. Y la vida, hermosa y desolada, asomando impredecible en los ojos y las bocas de los viajeros, recogida en los dibujos y notas de Concha Gómez-Acebo. Cercanías de lo lejano. Lejanías de lo cercano. El cielo y la tierra, la ciudad y las afueras, el campo y el descampado. Concha, viajera y pintora, fijando en colores y dibujos, anotando en palabras, las cercanías de la existencia en las lejanías de sus sueños, en el aire coloreado, iluminado, sombreado, del acontecer. Apuntes cercanos, concretos, en dibujos y anotaciones, cuadros en los que fluye el tiempo por los hombres, mujeres y paisajes de este episodio en que no hay personajes sino personas, en los que no hay novela, sino mirada. Trayecto compartido. Cercanías.

 

BILLETE DE IDA Y VUELTA

Guadalajara. El tren vacío de las 10.04 vuela por el campo, se contonea veloz entre la avena loca, por sembrados inciertos y álamos dispersos, bajo el horizonte de nubes y platas de septiembre y el verde que dejan las tormentas en los caminos. Un silbato y en seguida polígonos con camiones en fila, depósitos metálicos, estructuras sucias que se alzan sobre suelos de grasa y mugre, que frenan el campo y lo conducen al camino irremediable del descampado. Grandes naves rectangulares, carreteras falsas, fanales apagados a la orilla de asadores y hoteles vacíos, que son incógnitas de la noche. De vez en cuando un seto en crecimiento, proyectos de chopo, girasoles oscuros, mazorcas de maíz por recoger –las pelusas abiertas en las cañas– acotadas por tapias que aparecen y desaparecen, por chalets inverosímiles que se escapan entre pinos furtivos y maleza de cables, de esqueletos de torres eléctricas y cuadros de la luz. Una fila de estorninos oscurece la comba de un cabo de acero.

Caminos hacia el campo, donde se entierran raíles de las vías muertas; cielos imposibles coronando el trayecto sobre los puentes de autovías y carreteras, pintadas y grafitis que anuncian la llegada al andén. El tren se va parando y el aparcamiento repleto de coches da paso a los viajeros escasos de las 10 y media. Tras las torres amarillas de la fábrica, los carteles blancos y azules de la Nacional II, el traqueteo del corazón sobre las traviesas y las piedras. Alcalá de Henares esparce en el vagón un fárrago de caras, de pieles y de lenguas. Mujeres. Viajeras de estas horas, tejedoras de otro mapa del mundo, mil viajes atrapados en un mismo tren que posa la mirada por pallets, fardos de plástico, vigas de hierro, madejas de acero y un árbol que surge de un breve rastrojo de cebada. “No al cementerio nuclear de Trillo” –reza en una tapia, en rojo y negro– y a su lado, como dos diábolos estirados, el dibujo en negro de las torres de refrigeración.

Los pies de la ciudad se adivinan en el caos de pueblos y poblados hechos barrios, de casas bajas, edificios desmoronados junto al tumulto de naves, de pisos en altura de hace años que ya parecen siglos, de bloques emergentes que nacen viejos y uniformes, trastornados por sus aristas cúbicas, desvitalizados sobre solares y desmontes. Los charcos en los arrabales de la ciudad sin asfaltar parecen mucho mayores. Quince cipreses custodian una carreterilla que se interna en un puente: ¿restos mudos de un viejo cementerio? Esta tierra de nadie donde el campo se resiste a ser ciudad. Frontera del dolor y la esperanza, del paraíso perdido y el sabido misterio, de la edad niña y la alfabetización.

Atardece de vuelta en Atocha y el viento deja la lluvia en regueros por los cristales del coche. La humanidad entera, sin casa y sin destino, se agolpa en el vagón. De pronto sale el sol y pinta barrios naranjas: una hermosura melancólica en el ladrillo rendido de la ciudad. La M-30, la cruz de una farmacia vibrando a lo lejos. Nadie mira Vallecas, el cerro Almodóvar polvoriento limitando Vicálvaro, la torre de la iglesia sobre el mar de edificios y casitas, la maraña de fábricas, el escándalo de naves y almacenes que el sol dora entre nubes.

Se hacen hueco unos rayos de luz y vuelve a aparecer el campo anunciando el otoño, como la vida antigua de todos los viajeros, que callan un momento, conscientes de que algo se muere y a la vez se resiste a morir. Qué inútil esperanza la terquedad de chopos al pasar San Fernando y Coslada, el cielo arrebolado sobre las grúas quietas, la noche malva que se acerca a Meco y pisa la escalera roja de hierro que cruza por encima de las vías. Avanza la sombra de la noche y cae sobre los unifamiliares de Azuqueca, sobre la obstinación de los olivos, sobre el tren, sobre los hombres y mujeres que, dormitando, oliendo, escuchando las charlas impúdicas de los móviles, bajándose agotados al andén oscuro, dejando un calor breve en la tela gris y vacía de los asientos, se internan en un mar de incertidumbres.

Faros de coches. Próxima estación: Guadalajara. Ya apenas se distinguen las sombras de las huertas. Hay una mancha oscura con ráfagas de luces que saja, despiadado, el cercanías; los periódicos manoseados se echan en los asientos y en la estación, bajo la luz eléctrica de las farolas y del reloj circular, los viajeros andan con prisa, como si huyesen apresurados –tal vez despavoridos– hacia otro mundo por los baldosines troceados de verde de los andenes. La luna se eleva tímidamente en el cielo añil y negro de la estación.

 

FAMILIA ERRANTE

 

Ha dejado el final del verano unos charcos luminosos bajo el cielo nublado. Por los caminos que van entre el barbecho y el canal, aparecen trozos verdes, hierbas y hierbajos que renacen, cardos que se resisten a morir. Este año ya no han corrido liebres los galgos ni los caballos. Sólo el pastor, embutido en un mono azul, sigue pasando con su rebaño, su burro y su perro. Pronto se urbanizará. Ya han reunido algunas máquinas en un promontorio cercano. Y hay dos carteles que anuncian próximas construcciones de viviendas. En uno se lee: “Housing Revolution”. Parece que el campo se retirará. Habrá que subir la cuesta, pisar los altos donde la tierra respira al son de las estaciones. En esta zona hay páramos de luz y espacios dilatados. En el fin del verano las casas, como estructuras infantiles, juguetes en la tierra, se aplastan, minúsculas, bajo el cielo sin límites: las entierra la luz. Luego vendrá el otoño y la soledad pondrá el registro de la vida al límite, una luz mínima en la noche, el brillo apagado, imperceptible del Club, antiguo como estas tierras, dulce y retirado como el sueño en un tren, eleva un grado el calor de la desolación. Desde la pequeña estación del ferrocarril de la capital provinciana, la contemplación aún pertenece a dos mundos: una tapia blanca los divide antes de que parta el tren. Tras ella la mirada corre el velo y elimina el decorado de la pequeña ciudad. Detrás está lo de siempre: el cielo, el aire, las nubes, la luz, el campo, alguna casa… el hostal flotando en la línea divisoria, entre la irrealidad de los dos mundos, en la imposibilidad de ser campo y de ser ciudad. ¿Quién hay allí? ¿Quién mira aún pasar el tren desde el crepúsculo? La pintora escucha la vida del Hostal Estación en el silencio rosáceo de esta hora, bajo el cielo amable que protege a los que tienen cama. Detrás, acecha la desnudez del invierno, el frío en los árboles. Desde el calor del tren y del hostal cercano –tan lejos– debe haber un silencio de muerte, más allá de las farolas. Como en el puticlub. La vida resiste y se resiste.

Resiste la vida en el viajero que duerme con su perro; la cabeza apoyada en la mochila, en el escurridizo banco de aluminio, resiste a caerse del plano frío y escurridizo, en el horizonte vacío de la espera: “Este era un hombre que me conmovió de tal manera cuando pasé por delante… Alguien a quien le quedaba la mochililla y el perro. Aún le quedaba algo”. La vida. En el andén, otra viajera en espera —¿en espera de qué?— flota sobre un vapor de cercanías. ¿O es un vapor lejano, de lontananzas, de remembranzas, el que la sustrae de Guadalajara, Coslada, San Fernando? Mira el amanecer. El cemento es tierra, cielo, bruma, dulce humedad. Hay una mirada de esperanza, de espera melancólica que escapa del velo marroquí. Un velo ¿distinto? del que se prueba la novia rumana. Se llama Helena y es una heroína como la de Troya (o más, bastante más). Ha viajado, como ella, a tierra extraña. También con su príncipe, que guerrea y hace chapuzas. Como el otro. Limpió casas durante un tiempo y ahora habita en su propio palacio, que mantienen entre ambos, al fin solos, sin compartir cuartos con aquellos compatriotas, siempre apestando a alcohol. Un piso pequeño en la ciudad. Helena con su trabajo como dependienta en el “Zara” de hombres del centro comercial. Pero ni la heroína Helena escapa al mundo cotidiano de las mujeres. Es moderna, ha franqueado murallas, es fuerte, inteligente y práctica. Aún así se prueba el velo, accede, ilusionada, a la prueba del velo. Como con el príncipe troyano. O Rumano. Una gata astuta la mira y calla. “Helena –dice la pintora. Lo que nos pierde a las mujeres”.

El tren se desliza hacia Madrid por los raíles. La pintora se encamina a su estudio, a un barrio céntrico, el Barrio 4 en la jerga municipal de aparcamientos. Cuando llegue abrirá los postigos del ventanal y entrará la luz, la misma luz cálida y ciudadana que ilumina el patio de la parte posterior de los juzgados. Es una luz que se recoge en la cal y en las ventanas, que viste de placidez las desnudeces del mundo interior. Una luz benévola, como aquella que barnizaba las tardes del Barrio 44, por el que paseaba con Quity al principio de su enfermedad. “Esas casas quietas en las que notas las vibraciones que salen de dentro. Por mucha pintura que hayan dado para tapar las pintadas. Un equilibrio geométrico de rectángulos que busca paz y proporción. Una armonía interior que a veces tienen las cosas. Como pasear con Quity”.

El vagón va albergando viajeros. Algunos duermen. El cansancio puede con la viajera dormida. Una belleza mulata en calma, medio dormida, medio ensimismada. La ve mucho de noche, a la vuelta. Se suele bajar en Azuqueca. ¿O es en Alcalá, o en Torrejón? Otra viajera, dos asientos más allá, duerme sin pudor. Tiene el desparpajo –también durmiendo– de las que tienen puestos en los mercadillos. Es gitana, madura, carnal y hermosa. Se baja en San Fernando. O en Vallecas. Sin embargo, una tercera viajera hace el trayecto despierta. Es muy guapa, tiene una cara limpia, y con su mirada inocente despierta a la ciudad. Viene de Meco. En su bello rostro hay cierta nostalgia, un imperceptible, disimulado dolor.

“Iba en el tren con José una mañana cuando vi aquella familia errante” El niño llora, la madre piensa, el padre sueña. Es la misma imagen de la vida que tira hacia adelante inconmovible, cargada de invencible dignidad. Es la belleza antigua de la tierra, vestida de ciudad, viajando en un vagón de cercanías. El mundo lejano que se acerca con la cabeza alta, la vida que sigue y traquetea, el viaje de vivir. ¿A dónde van, dónde esparcir tal carga de coraje? Recordé a Calixte en el museo. Está en París, vigila un museo secundario, que hoy está casi vacío. Sus paredes albergan hermosos cuadros. Pero solo la vida en firme, sentada en la banqueta, con los pies en el suelo y la mirada en las lejanías, de la cuidadora, llena el museo.

Es de noche en el reloj de la estación. Este reloj apenas se ve porque por él no pasa el tiempo. El tiempo se para. O ya ha pasado. Anochece en la estación. Con el día volverán los paisajes y los cielos. “La luz nocturna no nos deja ver el cielo tormentoso que se ciñe sobre el campo. Solo se dejan entrever unas pocas ráfagas claras en la oscuridad. Al pueblo en silencio le quedan nada más unas débiles luces cotidianas. Se han terminado las fiestas.”