Javier Rubio Nomblot
CONCHA GÓMEZ-ACEBO
CULTURAL. ARTE. ABC, 13 de diciembre de 2003
Galería Utopia Parkway

 

Desde los inicios de su trayectoria, Concha Gómez-Acebo (Málaga, 1960) ha ido definiéndose a través de su pintura en una serie de interesantes exposiciones temáticas cuyos ejes han sido siempre la mujer y la evocación del viaje, y que perfilan ya un paisaje inquietante, cuajado de referencias literarias y simbólicas y poblado por soledades y sueños. La artista halló muy pronto un estilo propio, al que se ha mantenido fiel, que se caracteriza por el tratamiento riguroso de las expresiones y proporciones –de la forma en sentido estricto– y por la deformación –expresionista– de las cosas intangibles. De ahí que Calvo Serraller haya hablado de pintura concebida “como una apertura, un agujereamiento de lo real en pos de la ilusión”: el realismo de Gómez-Acebo deriva en una soledad metafísica que engendra mundos oníricos y estos, a su vez, posibilitan el desarrollo de un peculiar expresionismo intelectualizado (o selectivo). Este proceso es en sí metáfora del viaje “interior, guiado por la lectura, o exterior con reminiscencias de lo exótico”, como señala Mariano Navarro: si bien la acción discurre en un escenario familiar e íntimo, ciertos iconos –generalmente los libros- son percibidos como lugares de tránsito hacia otros lugares (la artista hace un uso inteligente del contraste), de suerte que estas pinturas aparecen siempre envueltas en un halo de irrealidad y misterio.

A la hora de visitar esta última individual de Gómez-Acebo conviene tener presentes aquellas pinturas del año 92 que versaban sobre mitos griegos, hebreos e hindúes, o su individual del 98 dedicada a los álbumes de Tintín, o su serie del 2000 dedicada las ventanas: las obras de esta exposición son mucho más sobrias, han desaparecido todos los objetos, y paisaje y figura se disocian dando lugar a dos conjuntos diferentes. En 12 meses aparecen otros tantos paisajes de los que acertadamente dice Navarro que apuntan a “un nuevo modo de hacer”, pues esas “superficies amplias y tratadas casi monócromamente” nos recuerdan más al estilo de algunos pintores de esta galería –Pina, Galano– que a sus cuadros anteriores, tan contrastados, cálidos y oscuros; y 31 mujeres consta de otros tantos retratos de pequeño formato dispuestos en hileras. Los retratos son inapelables y constituyen una aproximación a la mujer madura de nuestro tiempo no exenta de crudeza, hasta tal punto que Navarro cita incluso a Lucien Freud. En los paisajes siguen deslizándose, aunque es ahora más difícil detectarlos, esos elementos que parecen perturbar la composición, aberturas que todo cuadro trata de perforar en los estrechos muros de la vida.