Ramón Mayrata
El sueño de la pintura

Catálogo de la exposición en Utopia Parkway,1998.

 

LOS MISMOS DEDOS QUE PALPAN EN los libros el tacto del ensueño se desprenden de ellos y pintan voluptuosamente las sugerencias que suscitan. El trance de leer y el trance de imaginar, lo leído y lo soñado, se funden en una sola imagen simultánea. Al tiempo que vemos los dedos que apresan con emoción la pintura en las pinceladas minuciosas y precisas de las portadas, vemos también cómo la pintura rebosa fuera del libro, fluye por los paisajes que recrea la mente y, entonces, las líneas claras de Hergé, se deshacen en pinceladas más sueltas y evanescentes que han de completarse en la retina.

La transición está perfectamente soldada, como si se efectuase a través de una corriente eléctrica. El roce placentero de la fantasía de Tintín, la incitación al viaje, las imágenes diáfanas de Hergé, se inflaman en las emociones que provocan. Las portadas de libros son las compuertas por las que la lectura se invierte en la imaginación. Asistimos al viaje de la pintura que crea mundos soñados. En la tela se superponen acciones y tiempos distintos: la concentración, los estímulos de la lectura, el instante clave en que despegan los sueños, el trayecto por países y paisajes que sólo existen en la imaginación. La luz y la incidencia de la luz descompone los colores planos de Hergé en gamas variadísimas, en las que predominan los verdes y azules y los rojos se transforman en violetas, dentro de una tradición pictórica distinta, creadora de atmósferas vibrantes que son jirones del velo traspasado de la interioridad.

Los mundos que contemplamos son refugios de la vida interior, mundos que hacen caso omiso de la realidad y a los que asoman los diferentes rostros del deseo. Delante de los ojos concentrados en la lectura se balancean la agitación interior y las inquietudes que acucian en la vida íntima. Lo que la imaginación hace con el deseo es recrearlo incesantemente. Intuimos su presencia sin figura ante los prodigiosos bodegones de libros que nos sitúan en los instantes previos al arranque de todas las ensoñaciones, y lo percibimos, también, junto a la maleta abierta que encierra, como un estuche de pinturas, los paisajes y las personalidades distantes, aun antes de iniciar el periplo. Lo sorprendemos en la vida cotidiana, oprimiendo el pecho de la mujer que pasea entre los árboles, contorneándose sobre la barra curvada de un bar o enigmáticamente recluido en el ángel que sueña ¿quizás? con que sus alas se reúnen en el abrazo de los amantes.

Y, asimismo, lo reconocemos encarnado en todas esas figuras que, a pesar de sus razas diversas, son una sucesión de autorretratos soñados de la mujer que ha echado a andar por sus sueños con un pincel en la mano y se transforma desde dentro, convirtiéndose en los seres con los que se identifica en los cinco continentes de la imaginación. Los cuerpos desbordan las telas que los envuelven y una intensa sensualidad se impregna de pintura liberando la forma de la forma, deleitándose en soñarse en carnes distintas. Pintura especular en la que el deseo se refleja en los múltiples personajes que brotan del sueño interior y, al tiempo, escrutan dentro de sí mismos el misterio del deseo que les ha procreado.

Un viaje interior que se pierde de la vista en esas mórbidas lejanías, en esos fondos que son horizontes inagotables en los que la atmósfera se descompone con la suntuosidad de un arco iris. Allí donde el viaje de la pintura se sumerge en la emoción de la pintura, donde es casi imposible dominar los trazos del pincel sobre un sueño que el deseo multiplica y estremece. En esos fondos prodigiosos en los que los colores centellean adivinando territorios invisibles y la imaginación se desvanece como el vuelo de un pájaro que al desaparecer materializa la continuidad del espacio.