Mariano Navarro
EL TELAR DE PENÉLOPE
Galería El Caballo de Troya, Madrid, 1995
Texto del Catálogo

 

Al menos ciento doce príncipes pretendían a Penélope, hija de Icario y de la náyade Peribea y esposa de Odiseo, El Enojado, que vagaba por el mundo castigado por Poseidón. Como le apremiaban firmemente para que eligiera al fin, prometió hacerlo tan pronto como terminase la mortaja que debía tejer en previsión de la muerte de su suegro, el anciano Laertes. Pero esa tarea le llevó tres años, pues lo que tejía de día lo destejía de noche.

Tal es la narración que del mito hace Robet Graves, que refiere, también, la fascinante coquetería de la dama por la que, sin embargo, su padre hizo eregir una imagen dedicada al pudor, que todavía se ve a unos seis kilómetros de la ciudad de Esparta.

Penélope sirve de tema al último cuadro que, hasta la fecha, conozco de Concha Gómez-Acebo. Pintado, precisamente y, sin querer hacer una comparción que por lo fácil resulta pueril, a la espera, no de la llegada de alguien, sino de la partida de ella misma a la Itaca propia. Es, de este modo, como si la artista reuniese a la vez en su voluntad y su destino la paciencia de Penélope y la aventura viajera de Odiseo -al que, curiosamente dedicó el primero, cronológicamente hablando, de los lienzos aquí reproducidos, Naufragio de Ulises-.

La supongo, como supongo que debió ocurrirle a la astuta heroína, tejiendo y destejiendo la trama por la que la pintura ha ido constituyéndose en fórmula artística de la experiencia del conocimiento. Lo que de fingido hay en la urdimbre hecha y deshecha de la mortaja, se equilibra bien con lo que de ficción de lo imaginario conforma, en su evidencia, el hecho de pintar. Y solo así concibo su peregrinar a la búsqueda de un dominio cierto de la sustancia y materialidad que lo componen.

Un viaje en el que, paso a paso, ha dominado mejor el acto germinal de la pincelada, la anatomía del dibujo y la carnosa superficie de un color no hecho para colorear las formas, sino para ser por sí mismo lugar de existencia.

Un viaje, además, cuyo recorrido tiene, fundamentalmente, una geografía interior, en la que ha contemplado paisajes de la intimidad desde sus vivencias de aquellos paisajes otros que tienen un horizonte exterior en el que ha conocido transeuntes venidos del mito o la leyenda con los que ha intercambiado secretas confidencias. Voces que hablan desde los libros. Figuras encarnadas en la mejor de las pinturas.

Así, por más que una división cierta de sus temas -haciendo exclusión de la serie de las cuatro estaciones- podría clasificarlos en bíblicos, provenientes de los mitos griegos y de las figuras de la Comedia del Arte, todos ellos, aunque especialmente los dos primeros, subsumen a otro que me parece el dominante en su interés y el que, además de los tratamientos específicos propios de cada uno individualmente considerado, personalmente más me atrae: el tema de la mujer considerado por una mujer.

Nada que ver con una pintura femenina o con una femineidad de la pintura, sino con una exploración -en la que los adjetivos calificativos resultarían obligatoriamente contrapuestos; tanto como son inevitablemente contradictorios los términos de la existencia o los acontecimientos que nos cuenta el pasado- de una mujer hacia el conocimiento, o el retrato de sí misma.

Así su atracción por protagonistas dotadas de ingenio, Nausicaa -a la que Graves atribuye la redacción de la Odisea-, o fortaleza considerables, Diana o la misma Penélope, y que participan de su condición virginal y de todos los peligros inherentes a sus seducciones -cabe que Penélope fuese madre de Pan después de yacer con todos sus pretenedientes y es seguro que Diana cegó a Tiresias y entregó a Acteón convertido en ciervo a sus perros, después de que ella se ofreciese a su vista desnuda.

Si elige a Dánae, a la que sabemos que su padre, Acrisio, había encerrado en un calabozo con puertas de bronce y guardado con perros salvajes, para impedir que se cumpliese el oráculo de que no tendría hijos varones pero sería muerto por su nieto y a la que Zeus, pese a tantas precauciones, poseyó, entrando, ya que no podía por la puerta, por el tejado, en forma de una lluvia de oro, de la que Dánae concibió a Perseo; rehuye el tradicional desnudo -más por originalidad en la interpretación que por el Pudor al que antes hicimos referencia- y representa la lluvia de oro como una lluvia de luz en la oscuridad de la celda, una lluvia que no se derrama sobre el vientre, sino que azota el rostro de Dánae. Una fórmula, pues, de la iluminación recibida y de sus posibles efectos devastadores -no en la fe, sino en la conciencia.

Mucho más explícitas resultan sus preferencias en las historias bíblicas. Débora, profetiza, juez en Israel, que se sentaba bajo la palmera de Débora, en la montaña de Efraim; y los israelitas subían donde ella en busca de justicia. Sansón y Dalila, cuya vocación se entiende, desde el Renacimiento, como reflejo del dominio de la mujer sobre el hombre, pues Dalila es dueña y sabedora del secreto de su fuerza; y, quizás, Concha Gómez-Acebo sabe, en secreto, que Sansón solo “abrió todo su corazón, aburrido de la vida”. Susana y los viejos, o cómo la inocencia y la virtud de la muchacha triunfan sobre la villanía de sus enemigos; por más que esta se asemeje a Afrodita jugando con las aguas. Ester, una joven judía que, con peligro de su vida atraviesa la puerta del patio interior de palacio e intercede por su pueblo ante su esposo Asuero, rey de Persia. Emplea para ello su valor, pero también la inteligencia capaz de acrecer su hermosura: “Su piel era verdosa como la corteza de un mirto” -los hebreos consideraban el color verde oliva como la belleza ideal-; y tal es su tez sobre la tela. Pero, también Vastí, la reina desobediente y, por desobediente, repudiada: “el rey Asuero mandó hacer venir a su presencia a la reina Vastí, pero ella no fue. Se correrá el caso entre todas las mujeres”; sumergida en una penumbra luminosa en la que brilla el terco fulgor de su mirada.