Mariano Navarro
LOS VIAJES DE CONCHA GÓMEZ-ACEBO

CULTURAL. ABC de las ARTES, 10 de abril de 1998

 

Con motivo de su anterior exposición individual en Madrid (Galería El Caballo de Troya, 1995), y en el texto que redacté para su catálogo, manifesté mi convencimiento de que Concha Gómez-Acebo (Málaga, 1960) reunía en su voluntad, y a un solo tiempo, paciencia artística, firmemente sostenida en su convencimiento de que la pintura es una forma del conocer, y aventura viajera, pues si algo ha caracterizado su trabajo, ha sido la invención de mundos propios, de paisajes del sueño, como los califica Ramón Mayrata.

Ahora, este último rasgo ha sido llevado a un extremo íntimo y, sin embargo, fácilmente reconocible, porque ¿qué caracteriza a un personaje como Tintín, sino es el ansia del viaje? Y ¿qué recordamos o vivimos sus lectores, sino el habernos asomado a mundos desconocidos y exóticos?; lejanos siempre, pero cargados invariablemente también, de sentimientos humanos que reconocemos como los mejores si somos capaces de despertar. Personas que habitan en lugares a los que hace referencia el álbum de Tintín que sujetan en sus manos, y que nos hablan de misterios e impresiones capaces de conmover y apasionar nuestros sentidos.

Ocurre, además, que Gómez-Acebo es sustancialmente pintora y, por lo tanto, el recurso a un universo que le es tan próximo, como el que creara Hergé, no la ha llevado a una mera réplica o a la copia interesada de una manera de hacer –la línea clara-, absolutamente alejada de su comprensión del pintar; sino que se ha servido de las evocaciones que en ella despiertan los tebeos del creador belga, para mediante la cita explícita de algunos de ellos, internarse por los tres géneros que tradicionalmente han caracterizado la pintura: el paisaje, el bodegón y la figura.

Respecto a los primeros, aparentemente secundarios aquí respecto a las figuras, me parecen de los mejores y, también los más heterogéneos de los que ha realizado hasta la fecha. No sólo por lo dispar de sus localizaciones geográficas, sino también por lo mudable del clima, por lo irregular de las horas y, sobre todo, porque, ha acentuado, más si cabe, la correspondencia entre estos y los personajes que los habitan. Paisajes contemplados desde el hecho de pintar, no desde la reproducción de lo visible.

Personajes sí, de una viva presencia, entre los que destacaría a aquellos que ha dispuesto en interiores hechos de pura luz y pincelada. De los que me sorprende una inesperada ambigüedad, como de gente a la que le espera una turbadora, pero deseada experiencia –ya sea, como en “El viaje” (único en su ausencia de cita), por la amenaza de la tormenta; ya sea, como en “El Loto Azul”, por la turbación del desnudo y lo incierto del gesto y la mirada. Y también, aquellos otros a los que ha llevado a los más remotos confines del globo, en los que, desde la carne a la vestimenta, todo se nos vuelve manchar correctamente, tocar con intensidad, dar a ver.

Por último, bodegones de libros, en los que supongo imprime, de algún modo, sus preferencias lectoras y, también, la ruta de su propio deambular por la existencia; y en los que las portadas de los Tintín apuntan con graciosa ironía a aquello que los vincula a la literatura y a la propia vida de la artista.