Francisco Calvo Serraller
VENTANAS
Exposición en Utopia Parkway 1999-2000

 

Al margen de su poder analógico, la vieja metáfora del cuadro como ventana tiene tal densidad significativa que se resiste a desaparecer, incluso tras muchos años de ponerse en duda no ya la forma en sí del cuadro de caballete, y su ilusión representativa, sino hasta la pintura misma. Ni siquiera el interminable repertorio de bromas con que la ironía moderna se ha cebado, forma y contenido, contra lo que precisamente tenía el cuadro como ventana abierta al exterior –la realidad, según el criterio tradicional- ha conseguido anular la sugestiva fuerza evocativa de esta metáfora, que es muy capaz de trascender el hecho material del cuadro convencional y adaptarse a cualquier técnica o soporte nuevos. De hecho, puede pasarse de moda la perspectiva, la representación figurativa y hasta la propia pintura, pero ¿cómo quitar lo que el arte tiene de ilusión sin hacer que desaparezca?

La ilusión, al margen de cualquiera de sus efectos históricamente practicados, es por naturaleza proyectiva, trasciende los límites de lo real y abre un nuevo horizonte de expectativas. En este sentido, es indiferente cómo lo haga, ya sea mediante un cuadro pintado o mediante una pantalla, si no queremos abandonar el terreno de las artes visuales, pues lo que importa es su capacidad de interponerse y horadar la realidad tal y como se nos presenta –nos es dada– ante nuestra mirada. Es cierto que no basta con ser un iluso o visionario para llamarse artista, pero sin rebelarse frente al horizonte visual cotidiano, sin el deseo de evadirse de lo real, simplemente el arte no tendría lugar.

La ventana, como la ilusión, pone en contacto dos mundos, dos dimensiones de la realidad, pero a diferencia de la puerta, que también lo hace, está menos predeterminada por una función concreta, la de físicamente entrar o salir de un lugar. Se puede salir o entrar por una ventana de un edificio no demasiado alto, incluso se puede uno arrojar al vacío, pero lo esencial de una ventana es la contemplación, y lo que la hace posible, la iluminación, el paso de la luz.

El exterior, los exteriores, o sea: la naturaleza, ha sido un motivo recurrente en la pintura de Concha Gómez-Acebo, con lo que estaba, por así decirlo, predestinada a encontrarse con el tema de la ventana. No es ciertamente la primera vez que las pinta, pero me atrevería a decir que la ventana es el tema principal de la presente exposición. Hay muchos cuadros en los que aparece una ventana al fondo, y hasta hay alguno en el que los límites del cuadro son los del marco de la ventana; pero lo más relevante es que incluso cuando no la vemos está también presente la ventana. Tal es el caso, aleccionador, de ese par de cuadros, en los que hay sendas ventanas, con forma de paleta de pintor, que nos asoman a paisajes, lo cual nos muestra que Concha Gómez-Acebo concibe la pintura como una apertura, un agujereamiento de lo real en pos de la ilusión. No se conforma con lo que ve, sino que quiere transfigurarlo. Concha Gómez-Acebo pinta, en suma, ilusiones y, claro, le ilusiona pintar.

Insertar un paisaje en forma de paleta dentro de otro paisaje puede ser tomado como un juego ilusionístico, en este caso más de ventanas que de espejos, pero no se agota ahí el repertorio de inserciones con que nos lleva a otros ámbitos por ella imaginados o recordados. Sus cuadros están saturados de iconos rememorativos, a veces tan diminutos como sellos, que nos demuestran que se puede llevar una camisa estampada con mil imágenes evocativas diferentes de otros tantos paisajes; que, en fin, se puede llevar encima un museo portátil. Mucho antes de que el arte fuera un objeto y de que un museo fuera una colección de objetos, los primitivos cuerpos tatuados fueron, a su vez, los primeros ejemplos conocidos de genuinos museos portátiles, que portaban insignias, amuletos, símbolos, todo lo que, deseos e ilusiones, pudiera significar y, sobre todo, hacerse significar al que los llevaba sobre la propia piel. Los cuerpos tatuados son cuerpos heridos por la voluntad de significación, y sus motivos, auténticas ventanas de luz, heridas luminosas.

Concha Gómez-Acebo no tiene el cuerpo tatuado sino la mente, una mente tatuada con ilusiones que abren ventanas en y no a la realidad; esto es: ventanas que la traspasan o la suplantan. Por ejemplo: es posible que Concha Gómez-Acebo haya viajado por todo el mundo y arrastre tras de sí una cola de nostalgias, pero aunque no se hubiera movido de casa es seguro que habría echado a volar su imaginación. Escribió Ernst Bloch que ahora que todo el mundo está al alcance de la mano, no se va a ninguna parte. Tenía razón. Lo que importa del viajar es la expectativa, la ilusión, de encontrarse con lo otro, y por ello lo fundamental en un viaje son los preparativos, ese fascinante preámbulo de no saber si acaso a donde uno se marcha es al castillo de “irás y no volverás”, que es la excursión para la que nunca hay billete de ida y vuelta. Ese castillo sólo de ida, al que todo viajero auténtico anhela marchar en lo más recóndito de su corazón, es accesible a quienes están en la fórmula de su secreto, en la abracadabra de la ilusión, aunque jamás salgan de su cuarto. De hecho, en la presente exposición, ésa que antes he descrito como una exposición que gira sobre las ventanas, Concha Gómez-Acebo plantea los cuatro puntos cardinales como proyecciones de un interior, de una intimidad.

Hay un cuadro que representa a una jovencita que, repantingada en un sofá, se dedica plácidamente a leer un libro en cuya portada nos parece adivinar el busto desnudo de una mujer. He aquí un tema de género, de muy noble estirpe holandesa. Pero hay más. Detrás de este primer plano, entre el sofá y unas cortinas de fondo, hay un biombo, cada uno de cuyos paneles nos muestra consecutivamente una fotografía de una calle, la imagen de una playa, un mapa y un cuadro con Salomé recogiendo en una bandeja la recién cercenada cabeza del Bautista. ¡He aquí la apoteosis del ilusionismo! La felizmente absorta jovencita deja volar su imaginación a través de la lectura, rodeada por un biombo tatuado con imágenes evocativas, cada una de las cuales nos remite a un mundo de experiencias, deseos, fascinaciones y fantasías, y todo ¡sin moverse de un sofá!

Entre los géneros clásicos, hay también una serie de naturalezas muertas con alusiones a los sentidos. Todas ellas están presididas por la pintura, que es la máxima ilusión de Concha Gómez-Acebo, pero, al margen de que en ellas veamos también libros, instrumentos musicales, conchas marinas, relojes, plantas, jarras de agua y otras alusiones al paso del tiempo y a los diversos objetos que remiten a las vanidosas y efímeras sensaciones –características del ajuar de este género–, lo que se respira en estos cuadros es la fuerza transitiva de todo ello, el más allá que porta la silenciosa materialidad de lo que nos rodea. En este sentido, estas vanitas, más que a reflexiones elegíacas, invitan a la evasión. Parecen decirnos: “Cualquier cosa que te rodea, hasta la más insignificante, es en sí un mundo y puede llevarte a otros mundos insospechados, a lo desconocido”.

Esta es una exposición de interiores viajeros, una peregrinación a las estrellas sin otra aeronave que un hueco de ventana cuya estrechez no impide la más asombrosa navegación cósmica. ¿Será porque no hay mejor forma de contemplar el paisaje que desde un interior, físico o mental?

Con estas idas y venidas, no debe extrañarnos que Concha Gómez-Acebo haya frecuentado el panteón mitológico. El hada madrina de esta exposición es la veleidosa Titania, siempre dispuesta a incordiar cualquier noche estival. Sentada en su trono arbóreo, teje y desteje ilusiones, en las que ella misma cae, arrebatada por los amores y los humores nocturnos. Pues bien, esta maga caprichosa, con su cortejo de fantásticas sirvientas, nos revela su sueño más preciado como un camafeo en forma de paleta. Es el ensalmo de la pintura, el cristal para ver lo invisible, que también forma parte de la realidad.

Concha Gómez-Acebo pinta ilusiones, pero también dije antes, como de pasada, que le ilusiona pintar. La pintura es una ilusión y se puede pintar ilusiones, pero, además, le puede ilusionar a uno pintar. He aquí tres formas pictóricas diferentes de relacionarse con la ilusión. Pues bien, creo que las tres concurren en Concha Gómez-Acebo, cuya capacidad ilusionística es, por tanto, compleja. Tan compleja, por lo menos, como puede resultar un juego de espejos, que en ella hay que redefinir como juego de ventanas, no sólo por su voluntad transitiva, sino por lo que tiene pictóricamente de iluminación, de, en efecto, paso de la luz. Comenté al principio de este escrito que, en pintura, la ventana daba mucho juego, incluso cuando la modernidad arrasó el sentido representativo que tradicionalmente se daba a esta metáfora. ¿Acaso Mondrian no pintó ventanas tapiadas?

De forma muy positivamente moderna, también es cierto que alguien puede alegar que qué importancia tiene que a Concha Gómez-Acebo le ilusione pintar. La verdad es, si se considera la cuestión desde ese punto de vista de un escalafón moderno, que no lo sé. Sin embargo, si restituimos a la ilusión artística su primigenio carácter íntimo y absolutista, entonces, que a una pintora le ilusione pintar, resulta decisivo. La pintura se convierte en un acto sobrenatural: porque, por una parte, actúa sobre la naturaleza, pero también porque, por otra, rompe su fatalidad, su monotonía. Concha Gómez-Acebo se abre de par en par, como una ventana, y con ello ilumina el mundo. Es, claro, un mundo encantado, porque si no, ¿cómo podría hacerse visible Titania con su alargada cola de ilusiones?