Juan Pablo Wert Ortega
Concha Gómez Acebo, “voyageuse en chambre”
Catálogo exposición Ya se han ido
Marzo 2018
GALERÍA UTOPIA PARKWAY

 

Maletas, habitaciones desiertas, algunos libros, paisajes de ninguna parte… Reconocibles como ideas pero inidentificables como lugares concretos sin la ayuda del título como es el caso de algunos cuadros de la exposición. Si bien consta que la maleta es sinécdoque del viaje y que este es, quizá con mayor evidencia, metáfora de la vida, por lo que conocemos de la actividad viajera de Concha, debemos considerar el valor de estas imágenes, también y precisamente, simbólico. No hay en estos cuadros apenas objetos ni tampoco figuras, por lo que podría decirse que esta pintura es difícilmente figurativa. Desde luego, no es pintura de historia, porque no cuenta historias –no al menos explícitamente– pero tampoco es de género, su opuesto en la clasificación albertiana, pues no son solo descripciones. Son escenarios, lugares vacíos que dejan todo el espacio a la sensación y a su producto: la evocación, el recuerdo.

La pintora no parece ser –como ya se ha sugerido– una viajera compulsiva aunque haya viajado y vivido en países diferentes de varios continentes. No obstante, siempre ha habido formas de vivir el viaje –y contarlo– sin tener que viajar, de ahí el “voyage en chambre”, fórmula que ironizaba sobre el contenido de libros de viajes que, en realidad, basaban su relato en la reproducción de relatos ajenos. Se puede suponer que también estos últimos tenían como fundamento otros anteriores y así sucesivamente hasta llegar a la consideración de la literatura de viajes dentro del género de ficción.

Una de las primeras manifestaciones del uso laico de la escritura fue esa literatura de viajes, conocida como periegética, literalmente “alrededor del Egeo”, un mar que, aunque familiar para las polis griegas, daría lugar a fantásticas fabulaciones sobre los pueblos que habitaban las tierras destino de sus periplos. El viaje sigue siendo el espacio de la fabulación, que también lo es de la confabulación pues se construyen identidades extrañas para esos pueblos otros desde un sentimiento ambivalente: se detesta y se desea con simétrica intensidad lo que no se conoce pero que se sabe (diferente).

Espacios vacíos no totalmente, además de sillas, ciertos libros, entre ellos los de Tintín en función de tabiques creando espacios igualmente vacíos. Quizá no tan vacíos. Aquí la metáfora se complica. Tintín, además de fetiche familiar para Concha, es el comic de aventuras por excelencia para varias generaciones europeas. Como reportero Tintín es el moderno Ulises que viaja por una realidad, todo lo tópica que se quiera, pero finalmente, literaria.

La exposición es –como se suele decir para expresar lo satisfactorio en grado eminente–redonda. Todos los cuadros siguen la misma entonación cromática y un tratamiento formal uniforme. Se podrían entender como partes de un conjunto, piezas de una instalación, impresión que reforzaría esa idea de circularidad que plantea tanto el recorrido del espectador ante las piezas, como como la propia experiencia del viaje al que remiten. Que imaginemos un viaje, al final, es lo que podría pretender la artista para quienes contemplamos estos cuadros, cualquiera de los que hemos leído o ninguno en concreto, pero, en todo caso, sin salir de la habitación.