Francisco Calvo Serraller
Los pasos perdidos. Una pintora romántica
Concha Gómez-Acebo, vislumbre de una sensibilidad pictórica
EL PAÍS, 29 de junio de 1991

 

Aunque esta no sea formalmente la primera muestra individual en Madrid de Concha Gómez-Acebo (Málaga, 1960), pues hace un par de años se presentó en la sala de exposiciones del Club Financiero, yo creo que ahora es cuando se enfrenta realmente con el circuito del público aficionado que sigue regularmente la actualidad artística de nuestra ciudad, a pesar de que entramos ya en esa zona terminal de la temporada, un poco de pasos perdidos.

Todo buen aficionado sabe, sin embargo, que, en arte, de vez en cuando no viene mal perderse para hallar algo, aunque luego ese algo no tenga que ser necesariamente ningún descubrimiento genial. Concha Gómez-Acebo, por lo pronto, no tiene ni siquiera la edad suficiente como para manifestarse como genio en ese terreno de la pintura, de maduración o de estilación más que lenta.

Concha Gómez-Acebo proporciona, no obstante, lo que ese buen aficionado disfruta encontrando: un vislumbre. Me refiero a lo que de sensibilidad pictórica se vislumbra a través de su obra y a lo que incluso se vislumbra del mundo a través de su pintura. La pintura de Concha Gómez-Acebo revela detalles clásicos de cierta exquisitez y avidez por hacer las cosas con buen oficio, alternándose, como corresponde, aciertos y desaciertos. Es la suya, empero, una alternancia, la mayor parte de las veces provocada por sus altas pretensiones, que no dudo en calificar, con admiración, de impertinentes.

Son, desde luego, impertinentes, por osadas e intempestivas, sus fuentes –sus modelos-, entre los que no se tarda en encontrar toda suerte de prototipos románticos y tardorrománticos, desde Goya hasta Moreau, más por clima que por coincidencias formales, aunque en el caso del primero de los dos citados se pueda establecer cierto paralelismo entre el cuadro goyesco titulad Aquelarre (El macho cabrío, 1797-1798), y el por Concha Gómez-Acebo firmado con el título más shakespeariano de A midsummer night’s dream, si bien con la notable inversión en este último caso, de ser el macho cabrío el que duerme, criatura inerte, como acunado por una muy poderosa ninfa coronada de pámpanos.

 

SERIES

Esta inversión de papeles me parece un dato interesante para adentrarnos en el universo de Concha Gómez-Acebo, que efectivamente luego prodiga una temática serial muy elocuente de Salomés con cabezas masculinas en argénteas bandejas, el sueño romántico de media noche de toda mujer romántica que se precie. La mujeres románticas, hoy en recesión, pueden parecer, equivocadamente, feministas por este afán de cercenar cabezas masculinas, pero el patrón moral de éstas es más bien el de Judith que el de Salomé, que corta la cabeza del Bautista para así poder besar sus secos y ardientes labios.

Si es que hoy queda algún bautista en el desierto, mucho me temo que se parece a ese nada romántico personaje de Sadam Husein, pero, en cualquier caso, este mismo o cualquier otro parecido no sería capaz de suscitar el deseo nocturno de ninguna mujer romántica. Las mujeres románticas –y no dudo de que Concha Gómez-Acebo lo es- son todas ellas intempestivas y si no encuentran un verdadero Bautista irreductible al que posar en su regazo, lo buscan en el insondable repertorio dramático de los sueños eternos. Con esas necesariamente viejas historias, susurradas en la duermevela de lo legendario, las mujeres románticas, contemplando melancólicamente la cabeza del amado en bandeja de plata, se miran en el espejo de la pasión, que tiene la profundidad de un pozo. Las mujeres románticas por eso mismo están y son mujeres ensimismadas: autorretratan su dolor soportando en su regazo el cuerpo del hijo muerto, como la propia Tierra, esa Pietá creadora y destructora de la vida, que besa apasionadamente el cuerpo inerte por ella engendrado.

Intempestivo o no, hace falta una mujer arrojadamente romántica como Concha Gómez-Acebo para que hoy sigan vislumbrándose estas cosas sin las que, pintadas sobre un fondo de paisaje, a veces resultaría difícil entender la vida, concebirla. Con que comprenderán, al margen de los aciertos o desaciertos pictóricos de Concha Gómez-Acebo, por qué no me importa recomendar que se orienten esos pasos perdidos del fin de temporada en dirección a su exposición.